MISERIAS HUMANAS
LA TEORÍA EVOLUTIVA DE LA BRAGA
No sé si ustedes habrán pensado en ello alguna vez, pero mi avidez por investigar aspectos curiosos de la vida, me ha llevado en ocasiones a cavilar en qué forma ha ido evolucionando la ropa íntima a través del tiempo, del tiempo en general y del mío en particular, y me he dado cuenta de una cosa...conforme yo iba creciendo en cualquier ámbito, la tela utilizada en mis hábitos lenceros iba menguando progresivamente.
Recuerdo aquella época gris, antes de la Transición, cuando apenas era una jovencita estudiante de Bachillerato. Y lo recuerdo con cariño, puede que hasta con nostalgia –aunque el pasado no es mi fuerte-, pero cuando pienso en las prendas íntimas de antaño no puedo evitar hacerlo con rabia e incluso con rencor.
¡¡¡Dios!!! Cómo odiaba esas horribles fajas que nos hacían poner las madres de entonces. Siempre, sobre una enorme y casta braga que llegaba hasta las propias costillas flotantes, del tamaño de nuestra cartográfica y carpetovetónica piel de toro, había que calzarse una horrenda faja elástica tipo pantalón -de lycra por supuesto, para que te sudara bien el fandango-, y además, hiciera frío o calor, llevaras pantalones o faldas, no podía faltar la imprescindible combinación. Qué bonita palabra... ¡combinación! Pero combinación ¿¿¿de queeeé...??? Señor mío ¿De colores? ¿De un montón de prendas inútiles? ¿De obstáculos para que el chaval no te metiera mano? Combinación ¿¿¿De queeeé??? ¡¡Vamos a ver...!! Eso sí, mucha faja, mucha braga y el subsuelo bien protegido y pertrechado, pero de sujetador mono y sexy... nastis de plastis, siempre una era muy joven para “eso”. Hay que fastidiarse.
A mí me daba mucha envidia cuando, al cambiarnos de ropa en clase de Gimnasia -como se llamaba entonces-, veía a las chicas mayores de otros cursos superiores, que ya habían sustituido los ínclitos y generosos refajos por una braga y un sujetador como Dios manda –si es que Dios también se mete en esas cosas, vamos-. Yo las miraba boquiabierta y fascinada cuando se retiraban la sudada camiseta de deporte, sacudían sus melenas híperseborreicas, dejándolas caer sobre sus espaldas –también híperseborreicas y llenas de acné- desprovistas de otra cosa que no fuesen los exiguos tirantes de un breve sujetador. Creo que hasta me “ponían”. En serio.
A mi modo de ver era bastante cruel que a una personita en plena pubertad, de lábil personalidad, y aún en período formativo como era mi caso, se le humillara así, haciéndole lucir un deshabillé de tal guisa, es decir, que para enfundarme un equipo de gimnasia sólo me faltaba tener que soltarme el miriñaque. El único consuelo, si podía haberlo, era que mirando a mí alrededor, todas las de mi edad parecíamos clónicas. A veces, y como acto de suprema rebeldía, reconozco con un atisbo de vergüenza no haberme quitado ni la faja ni la enagua para hacer deporte –actividad que, por otro lado, provocaba en mí cierta animadversión y me daba un poquito por culo-, y haber estado correteado por el patio del Instituto, bajo un implacable sol de justicia, con una capa de prendas que, comparativamente, dejaba en cueros a Madame Pompadour.
Y digo yo... ¿qué finalidad tenía la faja pantalón? Para protegernos de las inclemencias del tiempo también podría haber servido el clásico modelo tubular “Faja Inter”, la de los abuelos (me parece que se llamaba así), en lugar de dicho muro de contención.
Pues no, no debía de valer, es más... en verano, también había que ponerla. Al parecer, según decían entre ellas -las madres- cuando hablaban de las niñas, estando nosotras presentes pero como si no lo estuviésemos, pues nos ignoraban por completo y nos despachaban con el consabido “te lo pones porque lo mando yo y punto”, era que ese sistema era el más idóneo para que no nos entrarsen por “ahí” ni las balas. ¿A qué balas se referían?... ¿Al frío en el invierno y al calor en el verano?... ¿Es posible que tuviera propiedades aislantes como el poliuretano o el pladur? ¿Tal vez pensaban que la faja de marras era un aval continuo en pos de la castidad y demás virtudes bajeras? No lo sé.
Pues estaban en un error, al menos la mía, porque yo, en cuanto pude hacerlo, me despojé del maldito cinturón de castidad y, no digo que pasara a ser un cheque en blanco para los mozos, pero empecé a meter cosas por “ahí”... No sean ustedes malpensados, por favor.
Nada más conocer la existencia de los Támpax –el invento que más ha liberado a la mujer-, me lancé a por ellos como un buitre, de incógnito y en la clandestinidad, que es como se hacían antaño las cosas, faltaría más.
Fui una auténtica pionera -lo digo con orgullo- y me convertí en La Libertad guiando al Pueblo, qué digo… en La Pasionaria de algunas de mis colegas –camaradas, si lo prefieren, ya puestos...-
Admiraban el valor y los arrestos que le eché al asunto. Que una mona de trece años, sin recursos, se acercase a una Droguería a pedir “esos chismes nuevos que habían inventado”, que parecían objeto de sex-shopp más que otra cosa, hizo subir mi cotización en Bolsa entre la facción más chic de la clase.
Manipulando el dispositivo bajo los pupitres, cuidadosamente y con sumo respeto, como si fuesen unos gramitos de farla o una china, decían: “Es malísimo, he oído que con eso se le atoran a una los conductos y pasa no sé qué, te cargas la virginidad de un petardazo, así... sin comerlo ni beberlo, como se entere tu madre, verás, te mata, el peor día se te queda dentro y te tienen que llevar a Urgencias”. Un panorama apocalíptico y sobrecogedor, señoras y señores, desde luego, pero pensé: si además de la braga colosal, la faja antilíbido y la combinación –qué bonita palabra-, he de llevar pañal el resto de mis días, “¡PREFIERO LA MUERTE!”, como le dijo Moisés a Yaveh, cuando éste le pidió que se hiciera cargo de toda esa caterva de judíos errantes.
Por si fuera poco, los pañales de antaño no eran alados y ligeros como ahora, cual sutiles y etéreas Victorias de Samotracia, qué va, qué va, aquellos pañales eran grandes y compactos como ladrillos de hueco doble. Para que se hagan una idea, caminar con ese adoquín entre las piernas era llevar una pose de jinete tal, que ni el mismísimo John Wayne en la contienda del Álamo pudo superar ni mejorar dicho arco de triunfo.
Hice, pues, oídos sordos a tanta prevención, asumí que a la virginidad le podían dar mucho por culo, que de algún mal había que morir, y que era preferible hacerlo de pie, con la frente bien alta y el Támpax puesto, antes que vivir con faja y pañal, humillada y de rodillas, el resto de mis días.
Tanto llegué a odiar la faja, que me juré y puse a Dios por testigo que nunca volvería a llevar un engendro así. Es a día de hoy que, si me interviniesen de Cirugía Abdominal y lo ordenase el Cirujano, por mucho talento que tuviese el paisano y muy atractivo que fuese, preferiría que mis intestinos derrapasen y retozasen alegremente sobre la cama antes que tenerlos sometidos a una represión de ese calibre: ¡Amnistía y libertad para los intestinos! ¡Vísceras unidas, alzaos! – De fondo la Internacional-
Luego estaba el tema de los colores de “las prendas”... anda que eso tambieeen...
Las había blancas, de un blanco puro e inmaculado. Bueno, lo de éstas podía tener un pase, a fin de cuentas el blanco es el color de la paz y siempre es susceptible una de enarbolar la braga para solicitar un armisticio si la cosa se ponía fea con los “grises”. Las había rositas y azules, pero naturalmente se trataba de un rosa braga un azul braga, no se hagan ilusiones, es decir, tonos pálidos y desvaídos, exentos de gracejo y picante que, sin duda, querían simbolizar la inocencia e intentaban espantar cualquier barrunto de morbosidad ante las lúbricas miradas del, entonces, transido macho ibérico.
Por raro que parezca, dichas tonalidades han llegado a pisar los alberos en cualquier Feria Taurina que se precie, luciendo en comunión junto a cabos y alamares dorados sobre los juncales cuerpos de los toreros. Eso sí, para no dar lugar a falsas sospechas sobre una presunta falta de hombría o un exceso de pluma, se ha cambiado el nombre. ¿Les suena el azul purísima y oro? Pues no es otro que el azul braga ¿Y el famoso rosa palo y oro? ¡En efecto, es el rosa braga! ¡¡¡Dios!!! Si yo fuese toro y se presentase ante mis cuernos un alfeñique vestido con un terno de ese color, juro por mis muertos más frescos que el tipo no salía vivo de la plaza.
Pero el que más me llama la atención, sin lugar a dudas, es el pomposamente denominado “color carne”. Vamos a ver... ¿Qué significa color carne? ¿Carne de quién? ¿Humana? ¿De cerdo?... ¡Qué asco de evocaciones viscerales, mondongueras y asaduriles! Si es que suena hasta mal, eso es tanto como decir: braga color meninges o faja color entresijos. Y no me digan que no. Encima, seguro que hablamos de carne cruda, porque si al menos estuviese un poco hecha...
Desde luego, los toreros han demostrado cordura eliminando dicha opción de su paleta cromática. ¿Se imaginan qué sería de un diestro en una plaza vestido de color carne y oro? ¡¡¡ Por los clavos de Cristo!!! Ni se le ocurra, maestro, hasta el más obtuso sabe que eso es una auténtica provocación para el astado. Porque el toro, que tiene la visión distorsionada con respecto a los humanos, lo interpretaría de esta otra forma: Torero que luce un terno “carne fresca y oro”. Haga lo que le plazca, pero después aténgase a las consecuencias.
Desde luego había tonos imposibles de lucir para una española decente y de pro, colores tan atrevidos como el negro, por ejemplo. Siempre se decía que la ropa interior negra y roja era la que usaban las “mujeres malas”. A las “mujeres buenas” se les llenaba la boca cuando escupían eso de “mujeres malas” mirando a los maridos con desafío y en tono amenazante. Las niñas no conocíamos el significado de esos arcanos, y abriendo nuestros ojos de par en par intuíamos que se trataba de unas señoras que se alimentaban de bebés, olían a azufre y tenían rabo y cuernos, igualito que el toro que atropelló al que iba de rosa braga y oro. Los maridos, en cambio, que sí parecían conocer el significado de los arcanos, ponían cara de importarles un bledo ir vestidos de torero en azul braga y oro, con tal de dejarse atropellar por un morlaco de esos, de los de picardías negros y ligueros, en vez de por la ternera que tenían en casa, ataviada hasta los dientes con las bragas Marianas construidas en un blanco marmóreo y virginal o en color pechuga de pollo crudo -qué asco-.
Por fin llegó la anhelada Transición y, como cabía esperar, soplaron otros vientos tanto para la política, como para la sociedad, la cultura y la ropa interior. Sí señores. Llegó el destape a las pantallas de cine y la braga bikini a los hogares españoles. Esto ya era otra cosa. En primer lugar, al abandonar la pubertad y entrar en la adolescencia, hundimos en el Baúl de los Recuerdos la faja y la combinación –qué bonito nombre-, acompañando el deceso con una sonora pitada. Sustituimos la Mariana por otra más europea y en consonancia con los nuevos tiempos: la simpática braga bikini que, como su nombre indica, llega justamente hasta el punto medio entre “ello” y el ombligo.
Aun eran poco escotadas de pernera, por lo que no estilizaban demasiado nuestro pernil ibérico, pero bueno... al menos sí inundaron de colorido psicodélico aquellos casposos y entrañables tendederos, ondeando al viento cual gallardetes floreados, en todo un amplio espectro de estridentes tonos cítricos, mientras unos Diablillos filtraban a través de las ventanas su Rayo de Sol, y una tal Eva María se iba al Mediterráneo con una maleta de piel y uno de esos bikinis de rayas.
Pasaron unos cuantos años y unos cuantos sujetadores por nuestras vidas, y empujadas por la fuerza del Socialismo y de la Movida hicimos nuestros pinitos luciendo en verano la ajustada camiseta sin nada debajo.
Como siempre pasa, nunca llueve a gusto de todos, y claro, lo que suponían aires libertarios para las que al nacer elegimos el modelo “La buena teta que en la mano quepa”, representaba un serio problema estético para aquellas que eligieron este otro modelo “Teta que la mano no cubre, no es teta sino ubre”. Pero estas cosas ya se saben como son...
Con el progresismo de izquierdas, la Puerta de Alcalá, Tierno Galván y Sabina, llegó la tendencia lencera “modelo social e igualitario”, con la sencilla braga de algodón adquirida en mercadillos al irrisorio precio de 4x 500 o el conjunto completo por menos de 1000 pelas. Confieso sin rubor que, pese a mi incipiente rojerío, ni Guerra ni González lograron en modo alguno hacerme calzar la braga de pana –según ordenaba el protocolo-, dada mi eterna confrontación con los calores.
Siguió pasando el tiempo, y la moda y el diseño fueron llegando al mundo de la lencería, los tejidos se hicieron más suaves y afines a la piel, y la ropa íntima se asomó a los escaparates, dejando de ser La Cenicienta del guardarropa para adquirir verdadero protagonismo. En todo caso jamás se dio un paso atrás ni en cuanto a tamaño ni en cuanto a número de prendas a colgarse encima.
Con el resurgimiento de la derecha en política llegaron las blondas y los encajes, ¡¡¡Dios!!! Casi odio tanto la blonda como la faja pantalón, no hay cosa más espantosa que el look lencero “nuevo rico”. Esos horribles sostenes barrocos, horteras, adamascados y llenos de rugosidades que se transparentan a través de las camisetas y que dejan entrever unos brocados casi versallescos. Encajes, lentejuelas, puntillas, lacitos, bodoques y puñetas que, cuando el amante desliza la mano, como quién no quiere la cosa, sobre la superficie de dichos elementos, se lleva un arañazo en la palma igual que si hubiese atusado la chepa de un puerco espín rabioso. Pobre hombre. Me imagino que alguno se habrá cagado en Lacroix, y con razón.
Pero en la moda, como en otros credos, siempre de la mano de una Reforma Luterana llega una Contrarreforma. El minimalismo invadió las pasarelas y dotó a la lencería de comodidad y naturalidad, desposeyéndola de cualquier tipo de ornamentación.
La bikini dio paso a la braguita mini, a la brasileña –a caballo entre braga y tanga- y, por fin... ¡el tanga!
El tanga es esa prenda que jamás defrauda, porque cuando no se ha probado siempre pensamos de ella “eso se tiene que meter por la raja del culo”, y cuando lo pruebas ves que es cierto.
Al principio produce cierto desasosiego pero, poco a poco, uno se acostumbra, les diré más, cierto leve roce en esas zonas íntimas y delicadas puede llegar a resultar placentero y excitante. Aunque no se hagan demasiadas ilusiones, el sexo, como todas las grandes pasiones de la vida, termina por ser una rutina, y la tirilla del tanga no iba a ser menos...
Finalmente no quisiera irme sin hacer mención a los “acorazados”. Tras el invento del Wonderbra, se ha hecho famoso y está de moda lo que yo conozco bajo la pretenciosa denominación de El Acorazado. Es un sujetador rígido que se sostiene de pie, lleva rellenos, es de naturaleza fraudulenta y aúpa y junta los senos de las paisanas a la vez que levanta “la moral” del contrincante que se asoma a su escote. Pero ¿qué me dicen de lo que ocurre cuando a la usuaria le da por retirar la prótesis? Los pectorales se vienen abajo, se desparraman y desinflan en la misma proporción que lo hace “la moral” del partenaire. No se engañen, este modelo es puro márketing, un vulgar reclamo y una injusticia social como la copa de un pino, pues, para que se beneficie una burguesa han de oprimirse “las bases”.
Por mi parte, estoy a favor del equipamiento liviano, deportivo y fácil de conducir, del tanga y el sujetador negros, graciosos y ligeros, aunque exhorto formalmente a todo el mundo a que cubra sus vergüenzas con lo que le venga en gana, al margen de modas y tendencias, que cada cual haga de su capa un sayo y que los diseñadores elucubren hasta quedar alopécicos perdidos, pero ¡¡¡por Dios!!! Que no impongan la faja pantalón de nuevo o juro que les convierto en pasto fallero junto con toda su producción.
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TRIPAS DE ORO

El doctor se acercó silencioso a la cama. El viejo Dimas descansaba hecho un ovillo bajo las sábanas y sus ronquidos casi se podían oír desde el pasillo. Mantenía su brazo derecho doblado, completamente replegado sobre el cuerpo, como si estuviese a la defensiva. Con esta postura impedía que el suero fluyera libremente por su vena. Estaba más que harto de las advertencias de enfermeras y acompañantes.
-Diiimas, no dobles el brazo, que no te entra el suero.
Después de una larga noche, que se le antojó eterna, y de librar una encarnizada batalla campal contra todos los elementos: auxiliares, celadores y psiquiatras, al final consiguió quedarse dormido hacia la madrugada.
Ahora, por fin, venía su médico acompañado de la enfermera a pasar la visita diaria. El galeno, comprobando la placidez de su sueño, rehusó despertarle. Se iba a retirar del lado de la cama cuando sonó un estruendoso pedo que, cual diana floreada, marcaba el inicio de una nueva y dura jornada. El trueno vino seguido de un nauseabundo olor a azufre, a carburo, a… ¡a mierda corrupta!
El doctor sospechó con acierto que el dueño de la ventosidad era el viejo Dimas -bueno, lo de dueño es un decir, cuando expelemos una ventosidad deja de ser propiedad privada para pasar a ser de dominio público-.
Mirando a la enfermera con preocupación, como si algo no fuese bien del todo, y él, con sus terapias más o menos acertadas, tuviese buen grado de responsabilidad en ello, dijo solemnemente:
-Señorita, hay que hacer revisar el intestino del Señor Dimas urgentemente, este hombre está podrido por dentro- sentenció.
El hombrecillo yacía en el lecho apergaminado. Su piel, un auténtico atlas de pellejos, lunares y verrugas, mostraba un aspecto macilento y deshidratado.
Tenía puestas unas sujeciones abdominales para evitar sus reiterados intentos de fuga y consiguientes caídas al suelo durante la noche.
También habían instalado unas vallas a ambos lados de la cama, de modo que bien podía decirse de Dimas que estaba “entre rejas”, lo cual, unido a su famélico aspecto, más le procuraba pinta de pájaro desplumado que de persona humana. Como ocurría con frecuencia se había orinado en la cama y puede decirse que estaba “en su tinta”, rebozado en sus propios orines y excrementos.
Dimas abrió los ojillos, medio cubiertos de legañas, y escrutó a sus visitantes. Intentó balbucear alguna palabra, pero sólo pudo emitir unos sonidos incongruentes. Sacó la lengua varias veces en un intento de despegársela del paladar, y trató de incorporarse en la cama, pero al advertir que estaba atado se dejó caer de nuevo.
-¿Qué tal, Dimas?- le preguntó el médico.
El anciano no respondió, pero empezó a olisquear como un sabueso apuntando con la nariz en todas las direcciones.
-¿Qué pasa? ¿A qué huele, Dimas?-
-A cho... cho... - respondió.
La enfermera, sin pensárselo dos veces, se separó un poco de la cama por si acaso.
-De chocho, nada, aquí huele a perruno, hijo, a perruno- respondió el doctor, sin ocultar con el gesto cierta irritación.
-Cho...colate- terminó el paciente.
-¿Chocolate? Es la hora del desayuno, sí, pero dudo mucho que haya chocolate- dijo el doctor.
-¡Quiero chocolate, quiero que me suelten, putas, zorras...!
El enfermo empezó a agitarse de nuevo mientras se revolvía bajo la banda que le mantenía sujeto al colchón.
El facultativo, visto lo visto, concluyó su temprana visita médica, pues el paciente, aquejado de una progresiva y pertinaz demencia senil, hacía poco menos que inviable cualquier intento de comunicación con él, de modo que sería mejor esperar a que viniese algún familiar para hablarle de su evolución y dejarse de pláticas con el viejo.
Pero antes del desayuno llegó el esperado y obligado momento del aseo.
Entró una auxiliar acompañada de un carro con ropa limpia y una bolsa grande para depositar la sucia.
La mujer parecía corta de vista, al menos llevaba gafas de culo de vaso, por algo sería. De manera fría e impersonal comenzó a lavar a Dimas con una esponja, soltando generosas cantidades de espuma sobre su cuerpo. El viejo, cada vez más enfadado, no dejaba de proferir exabruptos y reiterados insultos a la operaria.
-¡Puta, zorra! Déjame en paz...
La misma cantinela de todos los días.
Al emplearse a fondo en el secado de las posaderas, la auxiliar vio relucir algo entre sus escuálidos y enrojecidos glúteos: una cosa dorada que afloraba a través del ano. Lo tomó cuidadosamente entre sus dedos enguantados y lo miró con curiosidad, resultando ser… ¡una moneda de euro! Se sorprendió sólo a medias, pues los ancianos con demencia, a veces en un descuido de los cuidadores pueden ingerir cualquier cosa por rara y peligrosa que ésta sea.
Pero tras esa moneda vino otra, y después otra… así hasta que apiló un montoncito.
-Pobrecillo, cómo tenía que dolerle la tripa con todo ese capital ahí dentro metido- pensó.
Contó las monedas y había exactamente diecinueve, unas... tres mil pesetas.
No se lo pensó, y las envolvió en una gasa. No había testigos, el abuelo no se enteraba, y esa propinilla, convenientemente lavada, podía venirle de perlas.
Dicho y hecho, al terminar con el aseo del enfermo hundió las monedas en lejía y una vez pulcras pasaron a su portamonedas.
Al día siguiente, cuando el doctor pasó visita, ordenó preparar a Dimas para una exploración endoscópica. Ese olor putrefacto de los pedos no podía ser ni medio normal, ahí dentro tenía que estar ocurriendo algo serio que había que investigar.
Para dicha prueba era preciso limpiar bien su intestino con una irrigación. Y por esta vez, lo que en circunstancias normales jamás es tarea grata para el cuerpo auxiliar, iba a ser, más que una engorrosa actividad, ese oscuro objeto del deseo de pillos, chorizos, carteristas y auxiliares cegatas, pero bien aprovechadas, o como se les quiera llamar, mire usted por dónde.
La especialista en enemas, lavativas y demás alternativas sexuales, tomó el irrigador prestamente y se dirigió a la alcoba del señor Dimas sin la compañía de ninguna otra empleada, rehusó cualquier tipo de ayuda, pues evidentemente lo que ella quería era estar a solas con la recién descubierta hucha de Dimas.
El paciente permanecía solo en dicho gabinete, pues aunque el cuarto era para dos, se habían abstenido de ponerle compañía por las circunstancias citadas y la propia idiosincrasia del ínclito, tales como los gritos que profería a cualquier hora del día o de la noche, los delirios y sus hedores frecuentes e inaguantables.
La operaria, con gran destreza, giró al hombre hacia un lado, dejando al descubierto su trasero, aunque el hombre no coordinara y fuese incapaz de cumplir órdenes sencillas, también es verdad que no era un tipo agresivo, salvo si consideramos así su agresividad verbal.
Casi a tientas –recordemos que la auxiliar veía menos que un topo- buscó el objetivo del enfermo. Ya fuese que no lo encontraba y estuviese dando palos de ciego con la sonda, o fuese que el esfínter del abuelo no quisiera abrirse -caprichoso como todo esfínter de abuelo que se precie, que se abre y se cierra sin disciplina y a su libre albedrío-, lo cierto es que la mujer no conseguía acertar en la diana.
Jamás en su vida la había insultado nadie de ese modo. Por muchos años que viviese, nunca llegaría a ser tan puta ni tan zorra como lo era ahora en boca de Dimas y en grado superlativo. Este detalle hacía que la tipa se pusiese aún más nerviosa y que la sonda acabase derivando en pica de varilarguero.
Dio un suspiro triunfal cuando por fin atinó y el agua de la bolsa irrigadora comenzó a descender de nivel. Después de asegurarse de haberle calzado en las tripas el par de litros de agua correspondientes, le colocó panza arriba sobre una bacinilla metálica. No habrían transcurrido ni diez minutos cuando empezó a oírse un sonido como el que producen las máquinas tragaperras al disparar el premio gordo.
Para la auxiliar aquello era música celestial: clonc... clonc... clonc... a medida que impactaban contra el metal del improvisado inodoro. Para Dimas simplemente eran gotas de agua chocando contra una uralita...
-¡Está lloviendo, está lloviendo! ¡Puta... está lloviendo! Ojalá que llueva café en el campo, ojalá que llueva café…- Cantaba el anciano.
Ella le miraba con ojos asesinos, pero se abstuvo de hacer lo que pensaba con la almohada o... allí mismo se le hubiese acabado la gallina de los huevos de oro.
Cuando dejaron de sonar las monedas, retiró la cuña para limpiarla y de paso hacer caja. Contó las monedas de euro y había treinta y cinco, todas ellas nuevas y relucientes, como recién hechas. Con gran regocijo venció la repugnancia que sentía, convencida de que allí olía a rosas y no a otra cosa, y le plantó un par de besos a un desconcertado Dimas que ignoraba el gran potencial económico que se estaba desarrollando en sus entrañas, frente a la tonta manía que tienen otras personas de desarrollar… ¡tumores, por ejemplo!
-¡Quita zorra, no me beses, quita puta...!
La codicia de la empleada no conocía límites, y su manual de ética profesional le sirvió para envolverse el bocata una mañana de crudo invierno, pues se autoproclamó auxiliar de cabecera del pobre Dimas, ocupándose ella personalmente de su aseo todos los días.
Por fin le sonreía la suerte, ahora podría disponer de un sobresueldo que le venía muy bien, sin tener que hacer ningún esfuerzo adicional y totalmente libre de cargas fiscales-
Cuando Dimas no hacía deposición de manera espontánea y no había recaudación, le colocaba un enema por su cuenta y después pasaba la gorra.
El anciano la tomó verdadero pánico, cada vez que la veía aparecer ya encogía el culo y se mantenía agazapado sobre el colchón vociferando y lanzando insultos.
De nada le servía, es más, le caía una buena bronca cuando la recompensa era menos cuantiosa de lo habitual.
Esto se fue sucediendo durante varias semanas. La animadversión y el odio que llegó a sentir Dimas por la arpía eran directamente proporcionales al egoísmo de ella y a la fijación que tenía por manipular su esfínter anal.
Una mañana, al proceder al aseo diario del enfermo, muy sorprendida observó algo que era inusual en las últimas semanas: las monedas no aparecían. Incluso después de poner el enema por allí no asomaba nada. Se quedó pensativa y, hecha un mar de dudas, se preguntó qué era lo que podría estar fallando: ¿estaría Dimas realmente enfermo? ¿Ese olor nauseabundo, que para ella se había llegado a convertir en una exquisita fragancia, sería en realidad indicio de una severa enfermedad como apuntaba el galeno? ¿O… se habría terminado su golpe de suerte?
Cuando casi lo daba todo por perdido, ¡sorpresa…! Vio que asomaba un trocito de papel a través del objetivo.
-Bieeen... ahora me vas a pagar en billetes. Buen chico.
Se frotaba las manos codiciosamente, y Dimas giraba su cabeza hacia ella, señalándola con su afilada nariz.
-¡Puta, más que puta! ¿Qué quieres ahora?
-¡Quieto, que ya acabamos por hoy! – ordenó la mujer.
Empezó a tirar del papel que iba saliendo poco a poco enrollado, pero... aquello parecía demasiado largo para ser un billete.
Sus dedos temblaban nerviosos de excitación, cuando por fin sacó el rollo en su totalidad. Lo desplegó despacio con gran curiosidad y expectación. Dimas no le quitaba el ojo de encima.
-¡Oh, nooo...!- exclamó.
¡Era un impreso para la declaración de la renta!
Dimas abrió su boca desdentada y soltó una carcajada que sonó como la risa de una hiena. Sus ojillos pícaros también sonreían. La tristeza de su mirada se había difuminado y por un momento había recuperado la alegría perdida hacía mucho tiempo.
-¡Zorra, paga tus impuestos,... puta... paga! ¡Ja... ja... ja... ...!.
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