POETÍSOLAPoeta que sueña y escribe a solas.
LA VIDA ES ABSURDA
VIDA DE PERROS
CARNE DE CAÑÓN
MISTERIOS Y OTRAS HIERBAS MÁGICAS








MISTERIOS Y OTRAS HIERBAS MÁGICAS







BRUJERÍA
 


 
 
 
 
No estoy muy seguro de ello, pero creo que surgió del fondo de la gruta y lo hizo envuelta en un halo de luz. Yo me había dormido profundamente  pese al descomunal barril de café que había tomado. Sabía que solía aparecer por allí todas las noches, me lo dijo una bruja, por eso ese día decidí no sucumbir al sueño, y todo por verla, por saber si era cierto que existía.
En el bar, al pedir café, el camarero se mostró sorprendido cuando exigí que me lo pusiera en barril cervecero en lugar de hacerlo en una taza convencional.
-Le va a sentar mal-, me dijo.
Me coloqué ante una mesa y bebí de golpe todo el estimulante con suma fruición.
-No, no lo crea, esta noche he de permanecer despierto y no quiero correr ningún riesgo-, respondí.
Después me dirigí a la cueva, entré en ella y me instalé cómodamente esperando su llegada.
La cueva era sorprendentemente confortable y acogedora. Olía muy bien a sándalo y a especias aromáticas, y contrariamente a lo que suele ser habitual en esos sitios hacía una temperatura muy agradable.
Mis ojos poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad, y a través de
ella pude entrever que aquello estaba decorado con mucho gusto, de forma muy suntuosa, más que una gruta parecía un palacio con tapices, alfombras, lámparas –sin luz, eso sí-, relojes… Me sentí bien, de modo que en mi batalla contra el sueño ganó él. Cuando desperté supe que, en efecto, ella había estado allí aprovechando que yo dormía. Lo supe porque la vi en sueños, y su imagen irradiaba tanta serenidad y tanta paz, que, de haber sido real, era poco menos que imposible que ella hubiese permitido que la viese. Dudo mucho que se hubiese dejado abrasar por mi ardiente mirada.
 




 
 
EL MANIQUÍ








 
Escribir relatos en los que aparece la figura de un maniquí parece la tarea más fácil del mundo. ¿Quién no se ha sentido alguna vez cautivado por la mirada ausente, el porte distinguido y las elegantes proporciones del maniquí de un escaparate?
Lo normal y corriente es caer en lo tópico; lo realmente extraordinario es sobrepasar la tenue raya de lo racional y hundirse hasta las cachas en el fangoso lodo de lo irracional.
En este caso, amigo mío, voy a hablarle de una experiencia personal:
 
“Me enamoré de él en cuanto le vi tras el cristal del escaparate. A pesar de su arrogancia, percibí a través de sus ojos todo aquello que yo quería ver. A fin de cuentas es eso lo que nos ocurre cuando estamos enamorados ¿no? Cuando miramos los ojos de la persona amada, y sólo vemos dos pupilas, es  señal inequívoca de que nos estamos  desenamorando de ella, créame.
 
Sus cuencas vacías me hablaron de cenas románticas, paseos, viajes, sexo, largos silencios sin reproches, sin contradicciones, nada de preguntas... Su figura y su prestancia me servían en bandeja la posibilidad de medir con mis manos, palmo a palmo y cada día, el canon de la belleza, las medidas perfectas...
Pensé por enésima vez: “este va a ser el hombre de mi vida”
Cada semana “alguien” se encargaba de cambiar su atuendo. Si con un modelo estaba atractivo, con el otro mucho mejor.
Un día que pasé más temprano de lo habitual, debía ser en época de rebajas, vi que “mi hombre” estaba en cueros, igual que su madre le trajo al mundo. Y horror de los horrores…¡el tipo aquél no tenía miembro!
¡Rayos! Pensé, ¿Y ahora...? ¿Mi gozo en un pozo?  Una servidora no es que sea  sibarita y exigente, pero vamos... un rabito, qué sé yo, aunque sea pequeño…
El sexo... descartado, eso por descontado.
Ignoro si a partir de ese incidente empecé a mirarle de otra forma, pero desde luego me sentí profundamente desencantada.
Di en pensar en otro serio inconveniente de cara a la convivencia y a los viajes. Su escasa  –nula- movilidad. ¿Dónde se puede ir con un tipo que, por atractivo que sea, parece un marmolillo y no se mueve? Por supuesto de bailar ni hablamos, y de la cosa de la cama ya no digo nada para que no piense usted, amigo, que se está jugando los cuartos con una ninfómana, pero  en fin... convendrá conmigo el poco juego que puede dar un maniquí respecto a saltos, acrobacias, números, posturas, etc. Me imaginé cargada con el dichoso muñeco a la costilla yendo de vacaciones, atravesando aeropuertos, estaciones, restaurantes, camino de la playa, más tarde camino Soria, para terminar camino del Calvario...
Otra pega que le vi fue que, una cosa es un silencio prudente e inteligente, y otra muy distinta es llevar al lado  semejante  San Sirolé: “Aunque nada más sea para discutir de vez en cuando, hombre por Dios... ¡manifiéstese, coooño!”
En fin, que por “h” o por “b” la cosa se fue enfriando, y su rostro, antes apolíneo, me parecía ahora de una inexpresividad glacial.
De modo que  empecé a cuestionarme la conveniencia de la relación y me dije “ni hablar del peluquín”. ¡Ahora que digo peluquín...! Si el tipo ése también llevaba  postizo. Vamooos, vamos... encima de no tener miembro, un postizo. Lo que me faltaba por ver.
Una noche en la que ambos contemplábamos  la luna –él la del cielo y yo la del escaparate-, estando bastante harta le dije:
-“Mira bonito, has de saber que en esta casa la que lleva los pantalones y la peluca, cuando sale a escena, es la menda lerenda. De modo que o te quitas esa peluca o yo...-
El paisano no me dejó terminar la amenaza, me miró con sorna, guiñó un ojo, me sacó la lengua, mostró su dedo índice con insolencia y, tras un buen corte de mangas, empezó a hablar y a graznar como una cacatúa, bla, bla, bla, bla...”
 
Sólo le digo, amigo, que me largué corriendo de allí como si hubiese visto al mismísimo Lucifer en calzoncillos. Por cierto... que cuando miré sus ojos por última vez, le juro por mis muertos más frescos que no vi nada a través de ellos. Pero nada de nada"
 

 
Mademoiselle “La Muerte”






Me habían asegurado que era la mejor a pesar de su aspecto intimidatorio. Aún así tenía fama de ser la más atractiva y seductora de todas. Por eso, sin pensármelo dos veces, alquilé una brillante limusina negra, me puse traje y corbata, camuflé mis ojeras con una breve capa de maquillaje, sellé mis labios a fin de parecer inteligente y compré el ramo de flores más grande que había en la floristería.
Fui en su búsqueda. Pero mucho antes de llegar al burdel ella salió a mi encuentro, caminaba cadenciosa, balanceaba suavemente sus caderas y vestía  un elegante traje negro.
Efectivamente, era bellísima. Mademoiselle “La Muerte”, la puta más hermosa con la que jamás había soñado.
No lo dudé ni un minuto. Tomándola de la mano la invité a subir en mi auto y me fui con ella.
La única pega... su halitosis. Era sencillamente insoportable.



DIOS DE MIEL







Repasaba lo que había escrito una y otra vez: "...te amaré, dios de miel, tortura de ala, con la misma encendida resistencia con que te huí mujer y árbol me entrego”.
Algo no encajaba bien en el texto: el dios, sí, en su sitio, las alas... humm… también, la miel a rebosar en el tarro, el amor... algo incuestionable, las llamaradas de la pasión, tan próximas al frondoso laurel que amenazaban con quemarle vivo, pero la mujer... ¿dónde estaba la mujer?
Se palpó el pecho con aprensión. Él era un hombre... un hombre...sí... ¡un hombre! Por mucho que huyese nunca sería una mujer y muchísimo menos un cobarde.
-¡¡Ya está!!-
Respiró aliviado. Con gesto triunfal introdujo la pluma en el tintero y corrigió el párrafo de nuevo.
– ¡Qué tontería! Sólo se trata de un fallo ortográfico, cuestión de un par de comas. Esto ya es otra cosa: ...Te amaré, dios de miel, tortura de ala, con la misma encendida resistencia con que te huí, mujer, y árbol me entrego-







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