POETÍSOLAPoeta que sueña y escribe a solas.
MISTERIOS Y OTRAS HIERBAS MÁGICAS
VIDA DE PERROS
CARNE DE CAÑÓN
LA VIDA ES ABSURDA


LA VIDA ES ABSURDA



AFINANDO EL INSTRUMENTO










 

Irrumpí en el lavabo. Sólo faltaba yo. Flautas, oboes, fagotes, clarinetes, trompas, trombones, trompetas y una tuba me aguardaban enhiestas allí dentro, expulsando a través de su tubo digestivo una gran profusión de  notas desiguales, arrítmicas y anodinas.

Con mi diminuto flautín de la mano parecía un niño. Al verme entrar se produjo un embarazoso silencio y todos dejaron de afinar sus instrumentos. Con sorpresa -y conmiseración, diría yo- clavaron sus miradas en mi persona. Sin apenas despeinarme y desposeído de cualquier atisbo de complejo, inicié mi interpretación: un solo de flautín maravilloso que rompió el aire con unas notas poderosas y vibrantes, un auténtico chorro, qué digo chorro... un verdadero torrente de sonido que hizo palidecer de envidia a los allí presentes.

Los dueños de aquellos aparatos, corridos y cabizbajos por  la vergüenza, guardaron cada uno su instrumento dentro del correspondiente estuche y salieron en fila india del lavabo.

Me quedé allí solo tan a gusto, obsequiándome a mi mismo con un auténtico recital de flautín, "El último con-pis".

 

LA HEMORRAGIA
 

 

  


 

Ocurrió en medio de la cena de Nochebuena, justo cuando los espíritus de los invitados, alentados por los más variados efluvios de origen etílico, se empiezan a mostrar juguetones y dicharacheros. Alguien derramó una copa de vino tinto sobre un mantel de hilo de un blanco inmaculado. La copa se rompió y murió a causa de una gran hemorragia, pues el vino, insolente y libre de ataduras, se extendió por el tapete llegando incluso a salpicar el impecable traje de uno de los asistentes.

Cada cual hizo su propia reflexión y tuvo una visión diferente del percance:
El creyente, en vez de vino, vio correr por el mantel la sangre de Cristo; el borracho lloró por la sangre de Baco; el vampiro, donde había un fragmento de fino cristal, sólo alcanzó a ver un fragmento del fino, delicado y palpitante cuello de su amada, desangrándose a chorros; finalmente, el abstemio al que le cayó una manchita sobre su mejor camisa, advirtió con sorpresa cómo se dispersaba sobre la mesa la sangre del tipo ese que derribó la copa, sobre todo cuando el cuchillo que sostenía entre sus manos penetraba limpiamente en el tórax del torpe comensal.



 

EL CRISTAL LLORÓN
 



 
 
Miré hacia la ventana y vi cómo lloraba el cristal a lágrima viva. Afligida, le pregunté qué le ocurría:

-Los días de lluvia me ponen...- respondió.
-¡Guarro!-
-...me ponen triste-
-Aaah, bueno-

Acaricié su mejilla húmeda y fría, apoyé mi cabeza sobre su hombro, y entre los dos nos repartimos como buenamente pudimos los pocos kleenex que aún  me quedaban en el bolso.







EL VERSO FINAL






Un poeta andaba preocupado buscando un último verso con el que cerrar su poema, y de lo ansioso que estaba se mesaba el cabello tan bruscamente que ya empezaba a presentar claros signos de alopecia. Deambulaba por la habitación como un león enjaulado, con la cabeza gacha y las manos asidas por detrás, en la espalda. Se las apretaba con mucha fuerza, de modo que los nudillos, a punto de reventar, presentaban un aspecto brillante y blanquecino, y más que manos de poeta parecían manos de místico, qué digo... huesos de santo. Las musas estaban de puente y le habían dejado abandonado a su suerte. Él miraba y miraba buscando la inspiración, bien ante un objeto, ante el panorama del jardín que se abría frente a su ventana, o ante la imagen de su amada que, sonrisa abierta de par en par, vivía perennemente enmarcada dentro de un óvalo de madera.
Aburrido, decidió dejarse de zarandajas y quitarle hierro al asunto, presentando dicho poema sin ese último y tan necesario verso.
-Ya está, mejor así... un final abierto para que el lector se encargue de cerrarlo a su manera, para que deje volar su imaginación, pues tampoco conviene dárselo todo hecho.-
Efectivamente, el poema terminó abierto en pompa, tanto, que por el amplio boquete practicado se escaparon el resto de las palabras y el atribulado poeta se quedó sin poesía.
 

 





 
EN MEDIO DE UN CUARTO VACÍO





 
 
 
En medio de un cuarto vacío, sentada sobre una silla, pensaba. Pensaba o soñaba. Tal vez sólo soñaba, tejía o imaginaba cómo serían las cosas de verle asomar a él a través de mi ventana. Si mis ensoñaciones ya eran cálidas de por si, cómo serían de poder gozar con sus besos y sus caricias… Qué clase de emociones, qué suerte de sensaciones me envolverían de poder escuchar su voz y sentir su mirada ardiente y enamorada, acaso sólo su mirada vacía, sin nada, indiferente y fría…
Me revolví en el asiento y me palpé bajo la bata los senos aún rellenos de algodón, la cara interna y arqueada de mis muslos… todo estaba en su sitio, en perenne estado de hibernación, enmarcado en un perfecto y asqueroso orden, esperando la llegada del poeta que llama a la musa despierta, esperando al virtuoso que tañe el instrumento, flauta, mandolina, lira, pandereta o trompeta que rasga el viento. “Lo que a los sueños es tibieza y humedades, a los despertares debe ser torrente y fuego”, pensé. No quise seguir imaginando, de modo que cerré los ojos, y, cuando los abrí, aparte del dinosaurio, que seguía allí tan campante meneando la cola, estaba “él”. Me froté los párpados con energía. Tuve que sujetarme fuertemente a la silla para no abalanzarme en sus brazos, asegurándome previamente que estaba debidamente cerrado el candado de mi cinturón de castidad.
 
 





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