POETÍSOLAPoeta que sueña y escribe a solas.
MISTERIOS Y OTRAS HIERBAS MÁGICAS
LA VIDA ES ABSURDA
CARNE DE CAÑÓN
VIDA DE PERROS







EL MUNDO VISTO POR PATXI













Me llamo Patxi y soy un perro de profesión filósofo. No obstante muestro los signos de lealtad, alegría y ligereza que se le supone a los de nuestra raza (mover el rabo, lamer los pies de las personas y tal…) y que siempre conviene hacer creer que posees a la sociedad, ese bicho enorme y bigotudo, con afilados dientes y garras, que nos da cobijo y sustento, aparte de por culo en muchas de las ocasiones. De no ser así, y de mostrar sólo la faceta culta, pensante y filosófica de mi personalidad, incurriría en evidente y grave falta de pedantería, y la sociedad me señalaría con su dedo acusador diciendo: “ése que ven por ahí es un perro filósofo, ojo con él…”
Dicho esto, aclaro que vivo, mejor dicho, una familia de trastornados vive conmigo, aportándome ese punto de desequilibrio insano e inquietante que todos necesitamos en nuestras vidas para autoevaluarnos y conocer a fondo hasta dónde somos capaces de aguantar. He llegado a una conclusión: soy capaz de aguantar y mucho, es más… de concursar en un Gran Hermano, me haría claramente con el triunfo. Lidiar con toda esa caterva de inmaduros y llorones que llevan a esos programas, no es nada comparable a lidiar con esta familia que cuido: una dueña ambipersonal, unidiestra y monocilíndrica; dos ancianos que dan guerra como veintiséis; una adolescente que entra y sale de casa como los fantasmas, sin hablar ni hacer ruido, y que se adueña del aseo, de hecho yo diría que vive allí, bajo la ducha, bajo los peines, el secador y las planchas del pelo; finalmente, un hombre bonachón de corazón rudo que parece normal, pero que tiene sus “cosas”: adolece de flato y tiene “timpanismo”… No me pregunten por lo del timpanismo, no sé qué es, sólo sé que continuamente se autoexplora, palpándose la tripa y dándose leves golpecitos en ella como si tocase un tambor (un día me quiso explorar a mi y le mordí, hombreeee… ya está bien…), y luego mueve la cabeza con pesar cuando escucha su sonido. Aparte de lo expuesto hay una gata loca, de brillante pelo negro, que a menudo me quiere violar, otras veces soy yo el que la quiere violar, pero entonces ella no se deja, vamos… como la vida misma.
No quiero entrar en más detalles escabrosos, soy un perro pero también un caballero, y lo cortés no quita lo valiente: pese a sus rarezas les quiero mucho y no sabría estar sin ellos, chissst… que no lo sepan.
 
 



 
 
ADÓNDE VAN TAN DE PRISA 



 
Siempre me pregunto porqué corren, adónde van tan de prisa.
Cada vez que salgo a caminar no dejo de sorprenderme con todos esos humanos que, como si tuviesen azogue en el cuerpo, sale disparados de sus casas cada día igual que flechas con un exiguo culotte, unas zapatillas de deporte y unos cables conectados a las orejas.
Yo en principio erróneamente creía que iban así porque ocurría algo, es más, sospechaba que el cablecito ése era una especie de intercomunicador que les unía a la vida. Más tarde supe que no.
 
-¿Por qué corren tanto?
- Es para mantenerse en forma
- ¿Qué forma… esa forma esférica que lucen a la altura de la barriga?
- Bueno, no lo hacen sólo por la forma, también es para mejorar su salud.
- ¡Qué insensatez! ¿Y cómo es posible que se den esas palizas a correr si están enfermos? No os entiendo a los humanos, sois raros…
- Está demostrado que el ejercicio físico mejora la salud.
- Mentira, sudamos como vacas, el corazón se pone al límite de latidos,   luego nos quedamos fríos y nos resfriamos… ¿qué clase de majadero ha sido el que ha inventado que eso de correr sin un buen motivo es  algo sano?
- Si ellos lo hacen es porque piensan que tienen un buen motivo.
- No entiendo a los de la especie humana. Salir de casa huyendo como si hubiese fuego, regresar huyendo como si tras uno viniesen repartiendo estopa, llevar cables por todas partes para escuchar música y no aburrirse –luego que me digan a mí que el asunto no es tedioso…-, hilos y aparatos para medir las pulsaciones y las calorías que uno quema… qué horror, qué chifladura… hace años se hubiese afirmado de alguien así que “se había pasado de listo”, en fin… mi lógica perruna sólo me lleva a poner el corazón a tope de revoluciones cuando huelo a distancia a una perra, o cuando me llega un exquisito efluvio a orines de otro can desde un árbol, o a restos de comida desde un contenedor, digamos que me mueve a correr la supervivencia de todos mis órganos y aparatos: en el primer caso es el sexo, pues no pienso admitir jamás el enamoramiento; en el segundo caso es la lucha por conseguir el poder, el último que “firma” bajo un árbol está señalando su supremacía sobre dicho árbol; finalmente, escarbar en una bolsa con comida, es poder seleccionar y elegir lo que uno desea, es no conformarse con las horrendas bolas secas que le ponen a uno en el platillo, no sé de dónde han sacado la información de que el pienso es lo que más nos gusta a los perros. Yo pienso, sí, pero pienso en la única línea que me interesa mantener y no perder de vista, que es la que frente a mí se diluye en la lejanía, en el horizonte, y que con un poco de suerte me aleja de la estulticia y la estupidez humanas.
 
 

LA CORREA
 
 
Soy un perro, aunque no soy un perro corriente, ya saben que soy un can filósofo, ello no impide que desde que vine al mundo me desplace por la vida atado a una correa. Lo mío no es esclavitud, pero tampoco afición, ocurre que mis dueños me cuidan con tanto celo que temen que salga corriendo, me extravíe y no regrese. No niego que me gustaría creer que me llevan así para mitigar mi fiereza y evitar que ataque al primer homólogo que se me presente por la calle (o canólogo, para ser más exactos). Sería un halago pensar que estos cuatro kilos de peso que luzco con tanto garbo y donosura, dan para algo más que centralizar caricias, mimos y arrumacos como si uno fuese un vulgar peluche. Pero es lo que hay, por mucho que ladre y me enfrente a mastines y demás lebreles de gran alzada, no hay quien les haga entrar en razones, y ellos siguen viendo en mi un cruce de chihuahua por parte de padre y de pomerania por parte de madre.
Soy todo lo feliz que puede llegar a ser un perro que a mi edad sigue virgen y no ha conocido hembra, todo lo más, un tigre de peluche soso como él solo, que no se mueve cuando le ataco por la retaguardia, y el brazo de mi dueña que, huele bien y es agradable, pero ella invariablemente retira de mi lanzadera cuando me pongo romántico y le hago una declaración en toda regla, escena del sofá incluida.
Los perros somos como los humanos pero con más pelo. También ellos van atados, aunque no lo saben, y, si lo saben, prefieren hacerse los tontos. Sus ataduras no son de cuero, y lo que tienen acotado no son sus carreras por el parque, pero, en buena parte de las ocasiones, sus aspiraciones y deseos de volar lindan por todos los lados con la triste realidad subyacente.
Ellos me llevan a mí por el camino de la amargura, otros les llevan a ellos. El equilibrio en la vida se basa en que te manden pero a la vez tengas a alguien a quien mandar, bien, pues yo, ni eso.
Eso sí, he llegado a identificarme tanto con la correa, que a día de hoy veo una correa y… me pone, me pone sadomaso. Tanto es así que cuando ellos duermen no me canso de ver Histoire d´O… ¿la han visto? Es malísima, pero he de contenerme para no jadear de gozo en esa escena en que le colocan a una señorita una correa al cuello.
 
El perro filósofo
 





 










 
CIRUGÍA ESTÉTICA
 
 
Hoy quería hablarles a ustedes de la cirugía estética, de lo que yo pienso al respecto. Ayer decían por la tele que ahora les ha dado a muchos caballeros por hacerse un implante de pectorales. Me quedé un tanto sorprendido, no porque sean caballeros quienes utilicen la táctica del corte y confección para mostrarse apolíneos, sino más bien porque, dado que esto de la silicona y la manteca postiza se empieza a extender como una mancha de aceite, me temo lo peor, cualquier día llega al mundo canino. Hace tiempo ya se viene practicando con bóxer y otros congéneres la manía de cortarles las orejas y el extremo de la cola, ignoro la explicación, pero seguro que no me va a parecer oportuna ninguna que me den, de modo que absténganse de comentar las ventajas de tales amputaciones.
 
Por mi parte puedo asegurarles que paso olímpicamente de bellezas y cánones perrunos, tengo tal pavor a las agujas y a las clínicas que de sólo pensarlo, convulsiono. Como para no tener miedo… cuando me lleva mi dueña a la vacuna anual, aparte del olor insoportable a lejía y desinfectante, mezclado con los pises de los perros que se mean de miedo –sí, sí… yo he visto mearse de miedo a perros tan grandes como burros mientras aguardaban su turno en la sala de espera-, olores que ya de por si me ponen al borde del mareo, lo primero que hace la veterinaria –que siempre es señorita en mi caso- es sodomizarme, es decir, me introduce por el ano una varilla, termómetro creo que se llama, que luego analiza al microscopio para ver qué hay… ¿Pero qué coño quiere que haya dentro del culo, es lo que yo digo…?? ¡Mierda! ¡No puede haber otra cosa…! ¿Qué buscan exactamente en mi ano? Después me coloca un rejón en todo lo alto y me dice, hala guapo, que no ha sido nada, mientras yo, con los ojos fuera de las órbitas, patino y me resbalo sobre una mesa de acero inoxidable que parece una pista de hielo –puta mesa, oiga-.
Luego está esa manía que tienen los médicos de apretarte la zona dolorida hasta que se te saltan las lágrimas, y encima te preguntan si duele, ¿pero cómo no va a doler, gilipollas, si he venido por eso, o crees que he venido a verte a ti…?
Algo así me ocurrió hace tiempo. Me dolía mucho el rabo y estaba espástico, el de la espalda, pues el otro está espástico por las mañanas, como hace alusión esa jota que dice “por la mañanica cuando me levanto tengo la colica más dura q´un canto”, bien, digamos que tenía ahí acumulado todo el estrés que me había ocasionado el hecho de que la Samar, mi dueña, llevase a casa unos pájaros, unos gatitos que encontró abandonados en un contenedor, a la Mitsu, la gata que vive con nosotros, y la Kourni, una coneja que también está con nosotros…es decir, no pude superar los celos de verme obligado a compartir el afecto de “mi” familia con todos esos advenedizos, de modo que todas las pulsiones que fui capaz de reunir se me pusieron en el rabo, un dolor, oiga… La veterinaria se empeñó en manipular mi miembro dolorido y hacerle una placa de rayos para determinar lo que hubiese determinado un Freud canino, es decir, que lo mío era psicosomático. Pero salí de allí más suave que un guante, y por supuesto mucho más dolorido de lo que llegué.
Más tarde se me ha diagnosticado una hernia discal cervical, la veterinaria –insaciable- quería mandarme a León para hacerme un escáner –escarnio, mejor dicho- y después operarme. Menos mal que mi dueña, como es medio sanitaria aunque ella no lo sabe, probó una terapia más conservadora y menos agresiva a base de una especie de Ibuprofeno canino que me ha ido la mar de bien, con tan sólo dos dosis me dura la mejoría lo menos ocho meses.
 
En fin, respetando las opciones de todo el mundo, qué quieren que les diga… aquí, el que suscribe en caso extremo sólo se haría un alargamiento de pilila, más que nada por ver si es ése el problema de que no me jale una rosca –sigo sin conocer hembra, como el otro día-. No es que esté a disgusto con la mía, no, pero puestos a lucir un postizo, no me importaría que me implantasen la de un dogo alemán por ver si…
 
 



 
 
 
 
EL “AMA” VISTA POR PATXI
 
 
 


 
 
Como ya dije en su momento, en esta serie de ensayos pienso dedicarle un especial guiño a cada uno de los miembros del clan donde vivo. Empezaré por mi dueña, la poetísola pequeña.
El ama, la “joven” que ven en la imagen sentada detrás de mí y adosada a un tipo de luto, es una mujer menuda, nerviosa e inquieta, demasiado tal vez para su edad, que no es poca, no olvidemos que, por mucho que a ella le crispe el tema, es una mujer de época, barnizada en tono sepia, nacida el siglo pasado. De carácter apacible y afable, bajo esa supuesta calma chicha, siempre se esconde una posible marejadilla que no llega ni con mucho a temporal, ese bravo oleaje de rizadas y encrespadas olas que le coge de sorpresa al nadador, con la brazada cambiada, y le hace dudar de su capacidad de supervivencia sobre las aguas. Son enfados rápidos que se van igual que llegan, sin rencores, sin mezquinos deseos de venganza, son enfados secos de castellano recio y noble.
Ella y yo tenemos varias cosas en común, aunque tal vez la más significativa sea que ambos nos creemos más duros de lo que en realidad somos. A mi me cuesta creer que yo sólo sea un perro pequeño de cuatro kilos de peso, pues en mi fuero interno me considero tan “hombrón” como un mastín de setenta kilos. A ella le ocurre lo mismo, trata de mostrarse inquebrantable por fuera como si no le pasasen las balas, pero me consta que su vulnerabilidad es superlativa. De hecho yo lo sé de buena tinta: ha llorado varias veces sobre mi hombro. Y eso que no le gusta dar muestras de flaqueza ni que le vean llorar, igual que detesta que le vean fea, ajada o mal presentada. Será cuestión de principios, de coquetería… o de soberbia, eso ya lo ignoro.
Es una solitaria empedernida, pero de las de “por dentro” y de un modo anhelado. Tal vez por el hecho de haber estado siempre rodeada de personas, animales y cosas, huye de la algarada y busca y necesita el silencio tanto como el silencio le necesita y le busca a ella.
Finalmente me gustaría señalar, en este caso como virtud, su enorme fuerza de voluntad para llevar a cabo lo que se propone con pasión y con garra. Como buena Tauro es apasionada y visceral en todo aquello que desea, pero al igual que un corredor de fondo mide sus tiempos y utiliza la cabeza además de la pasión, si quiere llegar indemne a la meta, mi ama hace gala de una inopinada frialdad cuando la ocasión lo requiere.
No soy el perro más objetivo a la hora de enjuiciarla, pues mi enorme cariño y adhesión hacia ella me hace ser poco –nada- imparcial. Vaya como muestra lo que me ocurrió el otro día estando en el campo.
Resulta que me atraganté con un hueso más grande que el calibre de mi tragadero, entono el mea culpa, pero qué se le va a hacer… seré perro filósofo y todo lo que ustedes quieran, mas soy ansioso y tragón como el más bruto de los lebreles, tengo todas las flaquezas de la carne, incluido el gusto por el folleteo, aspecto inédito en mi bagaje vital, y desde aquí emplazo a cualquier perra con fuego en el cuerpo, ya sea puta o monja, a que deje en la sección de comentarios su teléfono, correo electrónico o postal. Bien, como iba diciendo, hete aquí que se me quedó encajada dicha pieza en la garganta y dejé de respirar, caí al suelo rodando como una pelota y… ya no recuerdo más, dicen que me quedé rígido igual que un palo. La cuestión es que de pronto me vi caminando por un túnel que al parecer no tiene nada que ver con el de las Delicias ni con el de la M-30; al final de dicho túnel estaba ella, mi ama pequeña, que, presta, me introdujo sus dedos nerviosos y ladrones hasta el esófago, extrayendo con pericia el cuerpo extraño –extraño para ellos, para mi era un hueso de lo más exquisito- y liberando mi vía respiratoria. Rápidamente me devolvió, envuelto en un abrazo, a este otro lado del túnel, seguimos abrazados así durante un buen rato. Me di cuenta que le sangraba un poco un dedo, de lo que se deduce que durante la maniobra yo le mordí, juro que fue sin intención ni conciencia de lo que hacía, simplemente es que no soporto que me anden en la tráquea, es una manía que me ha dado…


Pachi, el perro filósofo.



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