POETÍSOLAPoeta que sueña y escribe a solas.
MISERIAS HUMANAS
LA DAMA OSCURA
FATALIDADES
 






 
FATALIDADES






EL EMBARAZO

 
 
Todo empezó cuando acudí a la Consulta del médico por un supuesto problema de gases intestinales. Tras varias pesquisas el diagnostico cayó sobre mí como un jarro de agua fría:
 
-Enhorabuena, se trata claramente de un embarazo, y está de aproximadamente unas dieciocho semanas-
 
Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo:
- Es imposible, tiene que haber un error ¿está usted seguro?-
 El doctor se mostró tajante y concluyente:
 -No hay duda, usted lo puede ver en la ecografía, se aprecia nítidamente la imagen de la cabecita, las extremidades, el corazón y hasta podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que se trata de un varón -
 Miré la pantallita y no me quedó más remedio que admitir la evidencia... ¡estaba esperando un bebé!
El doctor me acompañó hasta la puerta y me despidió amablemente invitándome a visitarle al cabo de un mes para ver la evolución.
Mi mente confusa no paraba de darle vueltas y más vueltas al asunto: qué diría en el trabajo, cómo se lo tomarían en mi casa, ¿y en el gimnasio…? ¿Acaso no sería el hazmerreír del gimnasio? Vecinos y conocidos cuchichearían a mis espaldas, sería la comidilla del barrio, qué angustia, y qué decir del hecho físico de tenerlo... ¡santo Dios!
Estuve en un tris de lanzarme al tren (no aguanto el ruido de los trenes), intenté arrojarme al vacío desde un puente (padezco de vértigo y no soporto que me salpique el agua), probé con un arma de fuego (soy cobarde, no sirvo ni para aplastarme un mosquito sobre la piel porque no puedo ver la sangre del mosquito), lo de abortar, descartado, la gestación ya estaba muy avanzada... Así pues desistí y opté por seguir adelante muy a pesar mío, eso sí, pensando en guardar en secreto mi nuevo estado de buena esperanza y no decirle nada a nadie hasta que no quedase más remedio.
A medida que pasaban los días me fui mentalizando de mi nueva situación, y empecé a sentir y vivir la maternidad, sino con ilusión, al menos con resignación e interés.
 
 Una mañana experimenté mis primeros accesos de náuseas y vómitos. Haciendo un alarde de valor intenté lanzar un pequeño globo sonda y comenté en casa que me encontraba mal, como si algo raro “se gestara” en mi interior. Con una infusión de manzanilla dieron carpetazo al asunto, diciendo que eso se debía a la cena del restaurante chino y que, sin duda, algún alimento me habría sentado mal.
 
Me emocionaba y permanecía en éxtasis ante los escaparates con ropita para bebés, también empezaron a llamarme la atención, sillitas, cunitas y toda suerte de objetos que tuviesen que ver con el aseo y el cuidado de los lactantes.
 
 Di en barajar y apuntar (en secreto claro está) varios nombres sobre un papel: Oliver, Mario, David, Antonio como mi padre, Pepe como yo...
 
Pero lo mejor de todo fueron los “antojos”.
Era curioso, cosas que anteriormente no me llamaban la atención o las percibía como algo muy lejano, en mi nuevo estado las veía perfectamente alcanzables. Por poner un ejemplo, si antes pasaba ante un concesionario de Jaguar y admiraba un espléndido modelo de la gama más alta, no se me hubiese ocurrido ni por asomo entrar a preguntar su precio. Ahora sí, desde que estaba esperando a mi bebé me entraban unas obsesiones... “mira que si mi niño nace con llantas de aleación en vez de piernas, o aparece con el felino de Jaguar reproducido en la frente como si fuese un unicornio...”
Total, que le acababa diciendo a mi Marisa:
-Hay que ver lo que me gusta ese coche, mi amor ¿por qué no entramos a ver cuánto cuesta? -
 -Pero Pepe... ¿sabes lo que puede valer un coche como ése?- decía ella. Y se le hinchaba la vena de la frente lo mismo que a mi suegro cuando se enfada.
-No me hablarías así si conocieses mi estado... de salud, eres cruel- le decía yo entre hipos.
-Pepe, no me vengas con bobadas que estás mejor que yo, tienes una salud como un toro-
 -¿Y esto?- decía señalándome la tripa.
-Gases, Pepe, eso son gases, porque comes sin conocimiento y cualquier día te va a dar algo-
 
La arpía miraba mi barriga como si fuese un reptil, a mi me dolía... ¡cómo me dolía!
 
 
Poco a poco asumí el nuevo reto de la maternidad como algo propio y natural: protegiendo mi abdomen de posibles encontronazos cuando me encontraba en medio de una aglomeración, cuidando mi alimentación y evitando grasas, picantes, dulces en exceso y tomando un suplemento de calcio y hierro en las comidas, abandoné mis dos citas semanales con el gimnasio por razones obvias (aunque lo que más echaba de menos, en este caso, eran las cañas y las tapas que me tomaba con los amigos a la salida), furtivamente, cuando Marisa dormía, hacía ejercicios respiratorios y de preparación al parto... En fin, me metí tan de lleno en el papel, que conseguí, porqué no reconocerlo, alcanzar pequeñas cotas de felicidad no compartida.
Marisa por su parte se extrañaba de mis nuevos hábitos de consumo, pero se sentía feliz, pues pensaba que estos cuidados que me autoprodigaba se encaminaban a estilizar mi figura y a mejorar el estado de salud de mis tuberías,
-Lo que no me explico- decía ella - es que lleves así un mes y aun no hayas bajado ni un solo gramo, si yo diría que hasta estás mas gordo, tienes tetas...¡fíjate, fíjate!-
Y se acompañaba de un gesto elocuente hacia mis pectorales, haciendo como que tocaba sendas bocinas de goma.
Avergonzado, evitaba su mirada y rehusaba hacer cualquier tipo de comentario mientras acariciaba mi tripa y hablaba mentalmente con el niño (dicen que es muy bueno porque salen más espabilados, no sé yo…)
 
Un día me sorprendió sentado en la mecedora de su madre, balanceándome con cara de lerdo y cantando una nana por lo bajini.
-¿Se puede saber qué te ha dado? Tú con tal de no pintar el techo de la galería eres capaz de apuntarte al orfeón donostiarra. Estás muy raro, Pepe... no tendrás una amiguita ¿verdad?-
Después miró de reojo mis volúmenes con desprecio, respondiéndose a sí misma:
-No, no lo creo, salvo que trabaje para la ONCE-.
 
Ya se pueden ir dando cuenta del calvario que tuve que soportar durante los cuatro meses de embarazo que me aguardaron desde el momento en qué lo supe.
 
Instalado en la recta final fui a una de mis revisiones rutinarias. Naturalmente iba sólo, pues aun no me había atrevido a confesar mi secreto. Cada día me encontraba más pesado por dentro y por fuera. Por fuera es lógico, lo de dentro era la propia angustia que me atenazaba y que, cual espada de Damocles, pendía sobre mi cabeza: “qué será de mí cuándo llegue el día, qué vergüenza, saldré en los medios, pretenderán hacerme pruebas igual que a un extraterrestre, examinarán a Oliver como si fuese un mono, no… eso ni hablar, Marisa pedirá el divorcio y se querrá llevar la casa, el coche...¡¡¡y el niño!!! Jodeeer... me estoy volviendo loco, no quiero pensar en ello...no... no ... encima no puedo ni fumar ¡¡mierddda!!”
El doctor me realizó una ecografía rutinaria para ver si el feto (anda que llamarle feto a mi Oliver, no sé como no le enganché ese día al tío y le arreé dos ostias...) estaba de nalgas o de cabeza.
-Tengo que darle una nueva, no sé como lo va a tomar esta vez, pero creo que se va a alegrar...NO HAY EMBARAZO, COMO ES LÓGICO- y lo dijo así, tan campante.
 -¿Está seguro? Mire que esto no es un juego...- noté que alguien, por fin, se llevaba lejos de mi cabeza la dichosa espada del tipo ese.
 -Totalmente seguro, por algún capricho de la física, la anatomía, las densidades (y la brujería, pensé yo), su abdomen, ecogénicamente hablando, presentaba una imagen sugestiva de feto (y duro con llamarle feto), pero ahora ha desaparecido por completo. Por lo tanto habrá que realizarle otros estudios complementarios para ver qué es lo que tiene en realidad, puede ser desde una inflamación de etiología desconocida hasta un tumor...-
-Coño- pensé. Y vi de nuevo cómo se instalaba la espada ésa sobre mí.
 
 
Han pasado unas semanas, creo que estoy entrando en la treinta y seis y, si los cálculos no me fallan, tendré a Oliver en mis brazos antes de quince días. Sigo manteniéndolo en estricto secreto. El doctor apuesta por un tumor de colon. Marisa se muestra incisiva conmigo (por momentos se parece más a la señora Ropper), está convencida de que padezco algún tipo de alteración psiquiátrica que me obliga a comer a escondidas y por eso estoy más gordo cada día.
 
 
Yo les sigo a todos la corriente, pero voy a tener un niño futbolista a juzgar por las patadas que recibo. Lo primero será hacerle socio del Athletic, colchonero como papá, bueno, como mamá… qué lío, después...¡ayyy,! esto... esto... no es una patada, esto parece una contracción...
 
 
Llevo un rato controlando, reloj en mano, y se repite la misma molestia cada diez minutos, no sé qué hacer, porque si voy al médico me dirá que es un dolor tipo cólico a causa del tumor. Pero para mí que Oliver ya está en camino, qué tortura... ayyy...otra vez. Le diré a Marisa que me lleve al Hospital:
-¡¡¡Marisaaaa!!! Ven que te digo una cosa, te vas a reír máaas...-
 
 
 
 





 
MENÚ ESPECIAL
 
Como cada viernes, al salir del trabajo todos los compañeros de la oficina iban juntos a comer a un restaurante. Era una rutina. Procuraban elegir uno con buena pinta y que no resultase caro. Este viernes, además, se había apuntado Fede, el nuevo empleado. Llevaba tan sólo dos meses en la empresa.
En total iban a ser cinco comensales. Optaron por un restaurante nuevo que aún no conocían: “La Capilla Sixtina”.
Nada más entrar, apreciaron divertidos que en lo tocante a la decoración habían intentado emular la obra del gran Miguel Ángel, plasmando unos frescos  en el techo que representaban besugos a la espalda y churrascos a la brasa.
Tomaron asiento en torno a una mesa redonda vestida con mantel de hilo color marfil. Al momento se presentó un camarero y se dirigió a ellos.
-Buenos días, ¿qué tomarán los señores, carta o menú?-
Martín hizo de portavoz.
-Menú, por favor-
El camarero recitó de memoria cinco o seis primeros platos y cinco o seis segundos. Triunfaron los revueltos de ajetes, las ensaladas mixtas y las paellas. De segundo, el mayor éxito lo tuvieron los bistecs de ternera, los escalopes a la milanesa y una lubina en salsa que se pidió Fede.
El camarero tomó nota del pedido y, cuando ya se iba, Carlos le preguntó:
-Oiga, ¿aquí tienen perro auxiliar?-
-Por supuesto, caballero, este restaurante está en la Guía Michelín. Con perro auxiliar el precio del menú sufre un incremento de tres euros-
-Bueno ¿qué me decís? ¡Vaya lujo! ¿Con perro, no?- preguntó Carlos.
-Sí, sí, claro-  la respuesta fue unánime... menos Fede, que era el nuevo.
Nada más poner el vino y el pan sobre la mesa, el camarero se acercó con un enorme mastín leonés que colocó entre dos asientos. El animal era muy grande, y su cabezota sobrepasaba la altura de la mesa. Aparentaba pesar lo menos cincuenta kilos.
Martín preguntó:
-Estará hambriento ¿verdad?-
-Por supuesto, señor. Aquí siempre sacamos un perro que haya guardado el ayuno correspondiente. Somos profesionales-
Fede rió nerviosamente.
El primer plato transcurrió sin pena ni gloria entre pinchadas de lechuga, tomate y ajetes.
El perro se relamía y las gotas de saliva le resbalaban por la comisura de la boca. No obstante parecía ser un noble animal.
Al llegar los segundos platos la cosa se fue animando. Un trocito de filete por aquí, otro de escalope por allá... la carne y el pan revoloteaban por encima de la mesa, siendo lanzados al aire para que el mastín fuese tras ellos. Él, con destreza, cogía los trozos al vuelo. Todos parecían encantados. No comían. Miraban con gesto beatífico cómo el chucho iba engullendo uno tras otro los filetes de cada uno de ellos. Sólo Fede permanecía mudo y atónito. Martín le miró reprobadoramente.
-¿No vas a darle nada? Fíjate cómo te mira el pobre-
Fede se encogió de hombros.
-Es que como lo mío es lubina, no le va a gustar-
-¡Lo dirás tú! Todo el mundo sabe que los mastines se vuelven locos por la lubina-
-Uyyy…seguro que ésta no le gusta, por el precio debe ser de criadero-
-Qué va, le encantará. La de criadero tiene menos gusto a mar- le dijo Carlos bajando la voz en tono confidencial.
-¡Ah, ya!-
Como quien va al cadalso, tomó un trocito de pescado y se lo lanzó a la bestia.
-¡No seas nenaza, hombre! Dale más, eso se le va a quedar entre un diente- dijo Juan.
Fede, obligado por las circunstancias, empezó a obsequiar al perro con su ración enterita de lubina entre retortijones de hambre.
-Qué bien come ¿a que sí?- decía Martín -¿No da gloria verle? Venga, venga, que nos traigan pronto el postre-.
El mismo destino tuvo el arroz con leche, la tarta de queso y la cuajada. Todo se lo echó al coleto el bicho, que ya empezaba a dar muestras de repugnancia a medida que veía aparecer más comida.
Fede opuso una resistencia casi numantina a la hora de desprenderse de su flan.
-¡Que no le gusta el flan, hombre! Además... tengo hambre, joder-
-¡Ya! ¿Entonces para qué hemos pedido un perro auxiliar? Otra vez no lo pedimos y ya está-
El pobre Fede claudicó y su flan fue a parar a la bocaza del animal, mientras sus ojos chispeaban de rabia y vergüenza.
-¿Lloras?- le preguntó Carlos.
-Si, de la emoción de ver lo bien que se  come aquí.- mintió.
 
El camarero se acercó a la mesa.
-¿Qué tal ha estado todo?-
-¡Per-fec-to!- corearon.
-Y el perro… ¿qué me dicen del perro?-
-Muy bien, estupendo. La próxima vez volvemos aquí ¿eh?- dijo Martín.
La sugerencia fue aplaudida por todos, si exceptuamos a Fede, claro.
-¿Tomarán café?-
-No, tráiganos la cuenta, por favor-
 
Una vez en la calle alguien dijo: -¿Por qué no vamos al café de la plaza, donde siempre?-.
Todos estuvieron de acuerdo otra vez, salvo Fede, claro, que se quedó un poco retraído.
-¿Me vais pidiendo un cortado, que he de ir un momentito al cajero?-
 
En cuanto estuvo a solas entró en una baguettería próxima. Se acercó a la barra y abordó a una camarera que no paraba de masticar chicle, diciéndole con apremio:
-Póngame una baguette grande de tortilla de patata, por favor, tengo mucha prisa-
-¿Para beber?-
-Una caña-
-¿Algún complemento?-
-Sí, sí... ¡Qué hambre! Póngame, póngame complemento-
Pagó y se sentó en una mesa a esperar a que le trajesen lo que había pedido. Pronto tuvo ante sus ojos el bocata de tortilla calentito y la caña.
-Humm... ¡qué bueno! Ah, señorita, pero aquí falta algo ¿no?-
- Sí señor, ahora va-
Se relamía de gusto sólo de pensar en unas patatitas fritas con bien de ketchup. Tomó una servilleta, se limpió la grasa de los dedos y levantó la tapa del pan en espera de la salsa de tomate.
Miró en dirección a la puerta de la cocina al ver que se abría. La camarera venía flanqueada por un hermoso y musculado ejemplar de rotweiler completamente desnudo, que contoneaba ancas y rabo con movimientos casi, casi lascivos.
-Su complemento, señor-





 







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